Revelaciones


¿Qué son las revelaciones? ¿Cómo se producen? ¿Qué función tienen?... Son preguntas cuyas respuestas escapan a la razón, pero sin embargo su conocimiento es de vital importancia para el ser humano. De hecho, una vez que las comprendemos nos damos cuenta que no existe nada más importante, pues son la vía de comunicación con nuestra verdadera esencia, con lo que realmente somos.

A continuación, basándome principalmente en mis propias experiencias, intentaré responder de la mejor manera posible a estos interrogantes. Entiendo que las revelaciones que experimenten otras personas pueden variar en ciertos aspectos con mis experiencias, pues la Divinidad es infinita en todos los sentidos, incluidas sus manifestaciones, por lo que no quiero que mis explicaciones sean tomadas como absolutas. Solo intento explicar humildemente este fenómeno tal y como yo lo siento y comprendo. Aclarado esto prosigo con la exposición.

La revelación, como su propio nombre indica, hace referencia a la verdad revelada por la Divinidad a una determinada persona. Es decir, lo que comúnmente se conoce como experiencia religiosa, experiencia mística, visión, señal, etc., la cual transmite una información relativamente importante a la persona. Esta información se denomina verdad, ya que al proceder de la Divinidad se considera plenamente cierta.

La forma con la que la Divinidad revela las verdades es muy variada. Pueden ser visiones, sueños, luces (llamadas “Luz Divina”), voces, pensamientos, experiencias sobrenaturales y todo tipo de señales que ocurren durante la vida cotidiana, sobretodo casualidades y vivencias que ejemplifican una verdad. Parece que la forma de hacerlo depende mucho de la receptividad de la persona. Por ejemplo, si la persona no cree, la experiencia será más notable, pero si es creyente la experiencia será más sutil. Es como si la Divinidad ajustara el volumen en concordancia con la agudeza receptiva de la persona que experimenta la revelación. De hecho, lo normal es que las primeras experiencias que tiene una persona sean muy notables y las siguientes, cuando ya la persona sabe lo que es, sean muy sutiles, pero siempre con la intensidad justa para que la persona pueda detectarla. 

Por otra parte, también influye en la forma de la experiencia el contexto donde esta se produce, acomodándose al entorno, pues normalmente usará objetos de dicho entorno para manifestarse. También es muy habitual la combinación de varias señales para conformar en conjunto una única experiencia, y de varias experiencias para transmitir una única verdad.

Sea como sea, el suceso tendrá la notoriedad suficiente para que la persona receptora lo capte y pueda interpretarlo. Hay veces que el objetivo de la revelación es que sea recibida por varias personas a la vez, siendo en este caso más notable para que todos la capten, lo cual ocurre, por ejemplo, en los milagros para fomentar la fe de la población en general.

Cuando las revelaciones se hacen habituales en una persona, una particularidad interesante es el aprendizaje mutuo que se produce entre la persona receptora y la Divinidad, el cual se refleja en un afinamiento de la comunicación, haciendo que esta sea más fluida. Es decir, es como si ambas partes acordaran mutualmente y de manera inconsciente las vías y lenguajes que usarán para las revelaciones. Por ejemplo, pueden acordar usar algún tipo de señal “visual”, o la numerología mediante los números que aparecen en la vida cotidiana (horas, facturas, matrículas…), o ciertos sucesos cotidianos concretos, etc…

La verdad revelada por la Divinidad siempre es bondadosa y ventajosa para la persona receptora y, sobretodo, para la Humanidad. De hecho, es muy común que la Divinidad pida a la persona receptora la difusión del mensaje revelado, para el beneficio de todos.

La persona receptora de la verdad dedicará su vida a dicha misión, pues habrá descubierto que esa es su verdadera vocación, y entenderá que toda su vida ha sido una preparación para este menester, pues ha nacido para ello.

Aquellos que tienen revelaciones habituales verán incrementar su número hasta el punto que vean la vida como una expresión continua de la Divinidad, donde todo tiene significado (ven a Dios en todas partes).

La forma de la revelación está también muy influenciada por las creencias de la persona receptora. Por ejemplo, si esta cree en Cristo es muy posible que las revelaciones tomen su forma, y de igual manera ocurrirá con la Virgen, los ángeles, dioses, maestros ascendidos, santos, espíritus, etc… Esto es así porque la Divinidad intentará siempre obtener la mejor comprensión por parte del receptor, por lo que aprovechará las creencias de este.

Sobra decir que la inteligencia demostrada por la Divinidad es superior a todo lo imaginable. De hecho, se le atribuye la perfección.

En el trato, la Divinidad presenta un carácter personal, dando la sensación de que nos comunicamos con una persona. Otro rasgo sobresaliente es el interés que demuestra por nuestro bienestar, o mejor dicho por nuestra felicidad, aportando instrucciones de que debemos hacer para obtenerla, siendo en esto similar a la forma que tienen los padres de educar a sus hijos. Por este hecho, es normal que en muchas culturas se le considere el padre de todos nosotros, e incluso se le refiera como “Padre”. Y de igual manera que los padres permiten que sus hijos se equivoquen para que recapaciten y aprendan del error, la Divinidad hace lo mismo con nosotros, y aunque muchas veces pueda parecernos que se excede demasiado permitiendo el mal, una vez que comprendemos que la vida terrenal es solo un entrenamiento, no lo veremos tan grave, e incluso descubriremos que siempre ha estado ahí tendiéndonos la mano para ayudarnos, y que todo es por nuestro bien, siendo este bien muy superior al sufrimiento padecido.

Respecto a la felicidad o bienestar que la Divinidad pretende para nosotros, debemos aclarar que no se trata de un estado de alegría temporal, como los que estamos acostumbrados a experimentar, por ejemplo cuando conseguimos algo, si no que se trata de un estado de felicidad eterna y no dependiente de los sucesos de nuestro entorno. Por lo tanto, este estado de felicidad no guarda ninguna relación con lo material, siendo en este sentido totalmente contrario al estado de alegría temporal provocado por la riqueza material, por ejemplo.

Aunque el carácter de la Divinidad sea similar al de una  persona, y esto ha provocado que en la mayoría de las creencias haya sido interpretada como una deidad humanizada, con atributos humanos, típico del teísmo, en algunas creencias se ha interpretado como algo impersonal, en unas ocasiones como una inteligencia suprema que forma parte de la naturaleza, del mundo material (cosmos), lo cual se denomina panteísmo, y en otras como una "inteligencia" suprema que está por encima del mundo material y tiene control total sobre este, siendo la inteligencia suprema del Universo. A estos últimos casos pertenecen las creencias no teístas como el budismo o el taoísmo.

Sea como sea, la perfección demostrada por la Divinidad es absoluta, como bien han afirmado todas las creencias. En este sentido cabe recordar la interpretación que hacía Platón, llamando a la Divinidad el “Mundo de la Ideas”.

Otra característica a destacar de las diferentes interpretaciones que se han hecho de la Divinidad es su carácter individual y colectivo. En las creencias más antiguas se asumía a la Divinidad como un colectivo de entes (por ejemplo el politeísmo), pero en las creencias más modernas esta interpretación ha pasado a una Divinidad única individual.

La causa de entenderse a la Divinidad como una pluralidad de entes ha sido la infinidad de formas con las que se revela o manifiesta, como ya se explicó anteriormente.

Las verdades reveladas por la Divinidad suelen ser sugerencias de ideas que el receptor deberá interpretar, y en otros casos son confirmaciones de ideas que plantea el receptor. Combinando ambas técnicas, la persona receptora terminará desarrollando el mensaje transmitido por la verdad revelada, teniendo en todo momento el asesoramiento divino. Dicho con otras palabras, la Divinidad sería como un maestro que sugiere ideas a su alumno para inducirle una verdad, la cual deberá elaborar el alumno, asesorado siempre por el maestro, el cual a su vez confirmará al alumno las ideas que este plantea y sean correctas. La forma en que la Divinidad infunde las ideas suele ser alegórica, por ejemplo usando paralelismos del mundo natural. Por tal motivo, la persona receptora debe interpretarlas para entenderlas.

La interpretación de las verdades reveladas no siempre es fácil. Como ya hemos dicho, la forma de expresión de la Divinidad es mediante alegorías, por lo que la interpretación queda en manos del receptor de la experiencia. Por ello, es normal que la verdad interpretada esté teñida con las creencias propias del receptor. Pero aun así, el mensaje de la verdad queda inalterado en el fondo de la interpretación realizada.

Este hecho ha ocasionado el surgimiento de infinidad de creencias diferentes a lo largo del tiempo y en cada lugar habitado por el ser humano. Por ello, para encontrar a la Divinidad en las distintas creencias, hay que mirar solo en el trasfondo de estas, pues todo lo demás suelen ser los matices que la razón humana ha ido añadiendo a la religión a lo largo de los siglos, y muchas veces con motivos totalmente contrarios al mensaje original divino.

Aunque antes hemos dicho que la Divinidad se comporta como un maestro asesorando a su alumno, hay que aclarar que la Divinidad siempre da respuestas afirmativas, y nunca negativas. Es decir, la Divinidad no niega ni condena nada, su mensaje siempre es positivo. Dice lo que hay que hacer y lo que está bien, pero calla lo que no hay que hacer o está mal, y nunca impone nada. Tampoco hace ningún tipo de crítica, ni positiva ni negativa.

La Divinidad solo revela con sus verdades indicaciones para que seamos felices, nada más. Por tal motivo, toda imposición o prohibición que se incluya en el mensaje interpretado de la verdad solo tiene como origen el intelecto de quien realiza la interpretación, muchas veces basándose en creencias y otras en intereses de cualquier índole.

En resumidas cuentas, la Divinidad traza los rasgos principales de un boceto y la razón humana termina de pintar el cuadro.

Para concluir, resaltar el pleno y único interés que tiene la Divinidad por nuestro aprendizaje para que seamos felices, viviendo en armonía y convirtiéndonos en puro amor incondicional, siendo esta la única función que tienen la revelaciones, lo cual solo demuestra amor por todas y cada una de las personas que conforman la Humanidad.

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